Influencia

Durante mucho tiempo he defendido la idea de que una persona puede adaptarse a cualquier circunstancia.

Que, con la actitud adecuada, es posible mantenerse estable incluso en contextos poco favorables.

De fondo, esta idea suele ir acompañada de otra: todo depende de uno mismo.

Es, en apariencia, una creencia poderosa en la que tus manos tienen control pero también encierra una exigencia silenciosa:
la de no verse afectado.

«Si todo depende de mi, entonces lo que me pasa y cómo lo vivo también; cómo estoy, cómo respondo. Cuánto aguanto

Sin embargo, basta observar un sencillo ejemplo para cuestionarse a uno mismo.

Una planta crece, se mantiene verde y se desarrolla en función de su entorno. La luz, el aire, el agua o el espacio no son elementos secundarios: son condiciones necesarias.

Cuando estas condiciones cambian, la planta también lo hace.
No porque falle, sino porque responde a lo que la rodea.

Y extrapolando este ejemplo al del hombre: ¿es el ser humano naturalmente permeable o impermeable?… Algo actúa sobre ti y tú ejecutas una respuesta. Acción, reacción. Es lo habitual, ¿no?

La capacidad de adaptación existe, y puede ser valiosa. Nos permite sostenernos, continuar y encontrar cierto equilibrio incluso en la adversidad. La elección de cómo respondemos nos corresponde, pero, ¿enteramente? ¿Es, a todos los niveles, una respuesta consciente? ¿Es posible decidir, en todo momento, cómo reaccionar para hacerlo de una forma sana?

Se nos escapa algún detalle como que adaptarse no convierte cualquier entorno en neutro ni hace que todo dependa únicamente de la voluntad individual.

Confundir responsabilidad con control absoluto es un error frecuente.

Uno puede hacer una parte, esforzarse, sostener… y aún así verse afectado por el contexto en el que vive.

El entorno no lo es todo, pero tampoco es irrelevante.

Influye.

Reconocerlo no implica debilidad, sino un acercamiento a la realidad; permite soltar la exigencia de poder con todo y abrir una pregunta más honesta:
¿qué condiciones me permiten ahora mismo, con mis herramientas y circunstancias, desarrollar mi potencial y sentir que el entorno es sano para mí ?

No se trata únicamente de sobrevivir sino de vivir una vida plena en un entorno que lo permita o favorezca. Tu responsabilidad para contigo es ubicar dónde está y regalártelo.

Los estados del ser

Quietud.
Del lat. quietūdo, -ĭnis.

f. Reposo, sosiego o tranquilidad.

Tengo muy poquitas manías pero buscar palabras, enredarme un ratito en lo que significan y ligarlas con otros conceptos viene de fábrica. ;]

La quietud, entonces, no es una emoción, sino un estado del ser. Como la paz, la felicidad, el agradecimiento, el amor, la presencia, la claridad y la entrega.

Si estos son estados del ser, las emociones se mueven dentro de ellas. Puedes sentir tristeza en la paz, alegría en la quietud o miedo en la presencia.

Tu estado del ser marca el ritmo de todo lo demás. Desde ahí percibes, decides, reaccionas.

No determina quién eres, pero sí cómo expresas quién eres. Es la calidad del espacio interior en el que te habitas.

Divagaciones (I)

Los vínculos no necesitan ser explicados, los actos son más claros que las palabras.

En este contexto me hallo: escuchando acerca del concepto de reciprocidad y del porqué es necesaria.

Y yo, que no lo creo así.

Das lo que eres, ofreces lo que quieres dar, eres como eliges ser.

¿Por qué preguntarte los porqués de otros? ¿Realmente importan?

Yo, creyente firme de la libertad del individuo, veo en la no intervención, dejar que el otro sea sin intentar modificar su rumbo ni provocar una reacción.

-No me gusta lo que ha hecho.

-Díselo.

Me interesa el para qué, no el porqué. ¿Qué buscaría con eso? ¿Que el otro sea consciente cuando no lo es?, ¿acortar su proceso (si es que está en alguno) ? Que cambie una conducta, que suavice por mi lo que no le es natural, lo que no le nace. ¿Quién querría eso?

En algunas circunstancias hablar solo busca reafirmar nuestra importancia. Oh, el ego.

La coherencia reside ahí: en la capacidad de observar con calma, aceptar lo que se muestra y decidir desde la quietud qué lugar queremos ocupar.

Decidir estar, decidir no estar. En términos absolutos, a ratos, a veces. Como tú quieras.

No se trata de indiferencia, sino de entender que cada uno actúa desde su propio nivel de consciencia y que la tarea no es «educar», «corregir», reclamar ni ajustar, sino preservar la serenidad propia.

Elegir el silencio no siempre es distancia; puede ser amar la libertad del otro y la dignidad de uno mismo permitiendo que coexistan sin hacerse heridas.

Fuera de juego

Creías haber hecho la jugada maestra, creías que entendías el ritmo, el tempo, la cadencia; y sin darte cuenta, te quedas fuera de juego.

Algo dejó de encajar mientras en el campo todo seguía corriendo, y yo me quedé quieta, observando, con la extraña certeza de que la parálisis y el silencio no eran castigo, sino tregua.

Entendí cómo llega la lucidez, que aquel paréntesis era una cura disfrazada, que salir del partido es lo que permite ver la inmensidad del campo.

Desde fuera todo se ordena distinto: las jugadas fallidas se vuelven lecciones, la contención y el silencio, espacio para respirar.

Claridad

Me importa, pero hago que no me importe, que no es lo mismo que hacer como que no me importa.

El foco, querida, una de las herramientas más poderosas que no muchos saben manejar.

Modus vivendi

Había entendido que coexistían dos modos de operar.

El primero consistía en la búsqueda automática e irrefrenable de la dopamina.

Consentir al anhelo, regar el deseo inmediato e inyectar en vena alivio líquido que en horas se evaporaría.

Veneno que te ejecuta con el paso a paso del reloj. Satisfacción efímera que no quita el hambre.

El segundo, sin embargo, algo más perezoso, lo guiaba la toma de consciencia: la obtención de serotonina. Limpia, lenta, equilibrada, sanadora.

Se basaba en el esfuerzo, la razón y el aprendizaje. Un bienestar que se ofrecía en un arduo viaje pero en el que brillaban cada vez más potentes la salud en el corazón y la paz en el alma.

Madurar

No hablemos de dietas y cuántos kilos marca la báscula, hablemos de alimentación consciente, de responsabilidad y salud.

Crap

Esa manía mía de convertir la mierda en oro.

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Historia de un café

Esas historias medio soñadas que bailan en mi cabeza, que giran y giran como muñequitas de ballet, son la mejor/peor baza que existe para que uno sobrelleve la vida.

Ya sabes, esas cosas que no pienso demasiado. Como quedar contigo para comernos con los ojos. Y si eso, tomarnos un café.

La verdadera importancia de tomarse un café radica en que siempre, siempre, siempre genera una nueva oportunidad.

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Por dentro

Esas noches en las que todo es gris y decides dibujarte el alma.

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 Yo…
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 y mi alma.

Historia sin cuento

Muchos príncipes pasaron por su reino y trataron de hacerle grandes promesas.

Uno de ellos prometió traerle la eternidad, otro se aventuró a obsequiarla con la luz de la luna para que nunca más temiese a la oscuridad.

El tercero quiso conseguirle un instante, otro dejó tras la puerta de la princesa una caracola de mar, otro pretendió convertirla en una muñequita para que no tuviese que crecer jamás.

Prometieron y prometieron hasta que la princesa regaló sus promesas y dejó de creer en príncipes.

"La reina sin nombre" libro de María Gudín.
 «La reina sin nombre» libro de María Gudín (motivador y fácil de leer, recomendado).

Leer engorda

El hombre vivía inmerso en los libros.

Forró las pareces de su casa con eternas rimas y rigurosos tratados. Retiró la comida del frigorífico y se calentó, en una olla, una sopa de letras de la que engulló, ferozmente, las palabras.

Recopiló de la pared, empapelada de versos y tristeza, los divinos símbolos de la voz. Los dispuso en grupos de dos, tres y ocho letras para almacenarlos, después, en la nevera y tener así algo que llevarse a la boca y algo que saliese de ella.

Poco a poco el hombre de letras devastó la literatura que le quedaba.

O puede que fuese la literatura la que acabase con él.

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