«Puedes borrar a una persona de tu mente. Sacarla de tu corazón es otra historia.»
–Eternal Sunshine of Spotless Mind. (Olvídate de mi)-
No te despidas de alguien que sigue aquí. Que no duela más una muerte simbólica que una real.

Si no hay estrellas fugaces yo me las invento
«Puedes borrar a una persona de tu mente. Sacarla de tu corazón es otra historia.»
–Eternal Sunshine of Spotless Mind. (Olvídate de mi)-
No te despidas de alguien que sigue aquí. Que no duela más una muerte simbólica que una real.
Desde que tengo memoria he proferido una singular atracción por los trenes. Mis recuerdos se remontan a mis cinco o seis años de edad, cuando viajaba con mi abuela en esas cabinas repletas de estudiantes que se dirigían a Santiago y merendaba gajos de naranja y rebanadas de Nocilla mirando el paisaje vidrioso a través de los cristales.
Fue en la estación de ferrocarril donde, mucho tiempo más tarde, mis amigas y yo buscamos refugio para pasar las tardes. Allí guardamos cientos de secretos entre cigarrillos, cafés y charlas.
Fue en esas vías donde emprendí mi marcha a la capital para perseguir mi sueño y en ellas regresé cuando me di cuenta de que el auténtico sueño se había quedado aquí, esperándome.
Fue en esas vías donde le vi por primera vez y fue ahí donde comencé esta aventura mía.
Como amante de estos viajes low cost, las interminables esperas sentada en el frío cemento esperando el momento de salida y de las personas de ojos abiertos y corazón infinito con las que me he encontrado por el camino, no he podido sentir más que admiración por este reportaje de interés humano que Aaron Lake Smith ha escrito para Vice sobre el hobo americano (o lo que queda de él).
«Cuando camino por una ciudad, un suburbio o un bosque, siento un gran alivio cuando me encuentro con vías de tren. Es como si los miedos, dudas y ansiedades del día a día desaparecieran[…].
Puedo imaginar cómo, durante algunas noches frías, cuando añoraba a sus amigos en Boston y se preguntaba por qué había regresado a su pueblo natal para cultivar judías verdes, el silbido del tren recorriendo el bosque le devolvía el coraje para continuar con su trabajo en su pequeña cabaña, recordándole que, aunque estaba solo, todavía era parte de la humanidad.»
Dicen que creer en algo con todas tus fuerzas construye el camino para que sea real.
Y yo, tras descubrir en carne propia que el mito de ave Fénix no era solo un cuento, me he convertido en una mujer de fe.
Yo creo que incluso en el infierno venden flores.

– Cariño, quizás debí decírtelo desde el principio, pero yo quiero una vida extraordinaria.
-¿Y qué es para ti extraordinaria?
– Pues una vida llena de magia, de cosas geniales que te hacen sentir bien -contesté.
Y entonces pensé en sus manos tocando mi ‘Under The Bridge‘ en la guitarra, los cafés nocturnos a orillas de un Cantábrico disfrazado de tsunami, los bailes escondidos en la terraza, las competiciones (a muerte) de bádminton y los «mira que eres patosa» cuando tropezaba y venía en seguida a darme un beso en la frente.
Pensé en los mojitos de hamaca y en la lluvia de estrellas. En aquella noche de la Luna Azul.
– Amor, hay vidas extraordinariamente normales. -me dijo.
Le miré en silencio.
Sí que las hay.
Enamorarse.
Y que contigo las siestas del domingo entre abrazos tengan banda sonora.

Palabra bastarda de prostíbulo barato y calderilla. Amor que quema, duele y ahoga.
Amor de tontos y de idiotas, amor incrédulo y vulnerable que echa raíces en cualquier lugar.
Pistola encasquillada, baraja sin ases.
Amar, querer, sufrir, odiar
«Nada puede compararse con una estrella» dijo la Luna y se echó a llorar.

– Y tú , ¿por qué no puedes enamorarte?
– Una vez quise tanto a alguien que hasta que llegue a ese nivel no podré querer a nadie más.
(70*7,)
¡Por fin! Ha llegado el Otoño. No podría ser un día mejor.
Llueve y tengo ganas de irme a Madrid, así que retraso el reloj hasta las 11 de la mañana y me marcho con un jersey gris que es dos veces yo y mi gorro con orejeras.
Paseo por la Plaza del Dos de Mayo hasta que se me congela la nariz; hay decenas de personas leyendo el periódico.
Ha dejado de interesarme lo que ocurre a kilómetro y kilómetros de aquí. Únicamente me interesa qué zumo de temporada hay hoy en el Lolina Café, sentarme y consumirme dentro de la taza humeante mientras escucho el repiqueteo de la lluvia en los charcos.

Paso la mañana digiriendo el exceso de personas que se golpean con los codos cuando caminas por Fuencarral pero esa sensación de agobio se evapora al sentarme en el patio del Museo Reina Sofía.
Ni siquiera tengo la intención de pagar entrada. Solo me quedo allí, mirando. Joder, qué frío. Me gusta el frío. Me gusta observar a la gente. Es un voyeurismo asexual que te estimula el intelecto.
Podría pasarme el día mirando las expresiones en la cara de la gente e intentando adivinar qué piensan, quiénes son, cuál es su historia.
Pero entonces Madrid llega por detrás y te grita al oído: camina, chica, que no llegas. Corre ¡Corre! ¿A dónde tengo que llegar?
Madrid es así, cuando menos lo esperas tira de ti tan fuerte que te desencaja.
Vuelvo a poner el reloj en hora. Regreso a casa.
Me quedo con esa sensación de tristeza y de nostalgia casi tan pegajosa como la ‘morriña’. ¿Qué me pasa? Me he dejado algo allí.
Me he enamorado de una casa. En realidad de un balcón.
No puedo decir algo más significativo como que está en la Calle Placer. Eso lo dice todo. Salí de trabajar y cambié el rumbo habitual para perderme un poco por las callejuelas de la ciudad. Y ahí estaba, mirándome desde lo alto y guiñándome un ojo. «Qué lugar tan solitario» -pensé- «me encanta».
El fantasma de la casa salió al balcón a saludarme, riéndose sin parar con una carcajada de esas que te contagian por dentro aunque no quieras. Quedamos en esa puerta de madera resquebrajada por la lluvia y me invitó a pasar.

Allí estaban, por las paredes, los lienzos que había pintado al óleo cuando era pequeña, sobre la coqueta mi colección de ranitas de cristal; del salón blanco inmaculado se elevaban estanterías repletas de libros y en la pantalla del televisor se proyectaban, entremezcladas, imágenes de las películas de Bergman.
Ya anochecía cuando me fui de allí con esa sensación de verano que a veces te inunda el pecho.
En el balcón se habían encendido esas pequeñas bombillas que decoran el techo y parecen estrellas. El espíritu de aquella casa bailaba bañándose en los últimos haces de luz del crepúsculo mientras los arenosos sonidos del tocadiscos hacían cantar a Edith Piaf.
Al bajar la calle todavía podía olerse ese aroma mágico a fresas salvajes.
Algún día volveré, y esta vez, para quedarme.
Cuando la vida pese demasiado simplemente desnúdate frente al espejo, píntate la sonrisa borrada por los años con un rotulador y deja que Edith se apodere, durante unos minutos, de tu cuerpo.
Todo comienza con un nombre.
Wilde sugería la importancia de contar con un nombre en su obra La importancia de llamarse Ernesto, uno por cada vida que vivimos. El primero, nos dice quiénes somos para el resto; el segundo, quiénes somos para nosotros mismos.
Yo también tengo dos nombres, algo así como un alter ego un tanto heroico que se obstina, no en dejarme huir de ser quien soy, sino en obligarme a ser quien realmente soy durante un tiempo.

Soy Dayda y este es mi espacio semi-caleidoscópico que a veces, porqué no, es más real que el que se ve.
Bienvenidos.