Siempre me pasa lo mismo. Es ver y admirar, admirar y querer. Un querer del bueno, de los que nacen en el pechito.
Os hablo de Ideas for Fuel, el proyecto creativo de Jonay Sosa, un copy de origen español que hay que empezar a adular desde ya mismo.
Jonay, perdió su empleo en Madrid debido a una rescisión en su contrato y a raíz de esto, y de que sintió que debía comenzar de cero, puso a punto su vieja furgoneta y decidió crear una pequeña empresa itinerante llamada Ideas for Fuel.
Ideas for Fuel en camino.
Su trabajo consiste en viajar y ofrecer sus servicios creativos, por todo el mundo, a cambio de un módico precio de 10€/hora para llenar el depósito de su antigua California con galosina.
Actualmente Jonay ha visitado 8 países, ha sido empleado en 10 agencias, ha recorrido 7.956 km y se ha tomado unas 348 valiosas cervezas que le han valido conocer a gran diversidad de personas ¡Todo un enriquecimiento!
Jonay, además, ha creado en Instagram una cuenta llamada Esquinas en el mundo en la que fotografía sus frases, poemas y pensamientos.
Imagen del proyecto personal en Instagram, Esquinas en el mundo, de Jonay Sosa.
Desde luego, estamos ante uno de esos pocos personajes de los que hay que sentirse fan.
Una cosa quería decirle yo a usted, amigo, si es que todavía puede una llamarle así.
Cuando comenzó el final ya había usted interpuesto en nuestras vidas, no solo vallas de circuito, sino muros más altos que el de Berlin.
¿Y será tan vago su recuerdo que apenas percibe dónde se cayó usted por primera vez?
Recuerde, amigo, recuerde y entenderá que el batir del ala de una mariposa en Tokio es causa más que justificada de mi incipiente derrota interior dando así, por finalizados, años después, los términos de nuestro acuerdo amoroso.
«O viceversa».
No obstante, amigo, no se apene usted, por esta incontinencia verbal que le atañe, pues verá, en el transcurso de mi vida, irremediablemente su imagen ha permanecido grabada en mi sien debido a esta prodigiosa memoria que bien me conoce, desde las primeras flores amarillas del desayuno hasta las noches de tortilla y almohada; y debo decir a su favor, que en cada uno de mis prominentes recuerdos, solo le veo a usted sonriente y repleto de brillo en los ojos y me gustaría, en caso de ser pertinente y si fuera posible, pedirle que continúe siendo así ahora.
No es justicia, sino karma, amigo mío, lo que también yo he padecido, que durante años me partió los huesos de las piernas evitándome caminar y por mi cabezonería supongo, me predispuse al arrastre entre zarzas, y que sangrando las heridas, caí al mar, me hundí en sus profundidades y aprendí sin piernas, con las mismas pocas ganas que llevo dentro ahora, a nadar.
«No es sobre forzar la felicidad, se trata sobre no dejar ganar a la tristeza.»
¿Podrá usted comprender entonces que sus hazañas y mis hazañas duelen por igual?
¿Podrá percatarse algún día, amigo mío, porque algún día espéromelo encontrar, que de las migajas de su vida no me puede culpar ni más ni menos de las que yo a usted por empezar a dar el corte en el pan?
Si en una noche cualqesquiera usted se llegase a percatar de la realidad aquí ocurrida y brevemente relatada, tendría conmigo la dicha más grande de saberle en paz, feliz, sonriente y repletos de brillo sus ojos porque entendería, finalmente, que el karma devolverá amor porque hubo amor de verdad.
No he vuelto a conocer a una persona «de color rojo».
-Joder, T, cierra la ventana, hace un frío de cojones todavía. Brrf. Pásame esa manta. ¿Traes unos pitis?
T, saca una pitillera con cremallera de color rojo desde detrás de la ventana mientras me sonríe maliciosa y da un brinco desde el balcón hasta quedarse al lado de mi cama.
T. siempre me visita así, por la noche, acechando desde afuera, como si mi cuarto y el suyo no estuviesen a una puerta, pared con pared.
Me pasa un cigarrillo Lucky, que son los que fumamos generosamente en esta casa, aspira el humo y me lo echa en la cara con una mueca burlona. La empujo y finjo toser. Me abraza.
Con todo mi amor, te echamos de menos.
-Oye, tu ya sabes que todo el mundo tiene secretos pero creo que este se pasa un poco de la raya, ¿no?.
T. se encoge de hombros y se recuesta panza arriba sobre la cama. Apaga la luz a sus espaldas y ojea mis posters de cine a través de esa oscuridad clara que nos regala la luna. El de Elephant le encanta. Yo enciendo el mechero y me tumbo cerca de ella. Silencio y caladas.
– Lo pasamos de puta madre ahí atrás, ¿eh? – nos miramos sin poder evitar reírnos a carcajadas – Estaba pensando en que no recuerdo el día en que te conocí, joder, T., no lo recuerdo. Supongo que fue en el comedor de la residencia, la ostia, qué ilusión nos hacía decir que éramos gallegas. Nostalgia creo, morriña de dos días de los que estudiamos fuera.
Si me fijé en ti tuvo que ser porque eres una payasa, no te enfades, ¿eh? pero es la verdad.
Eres de esas personas que cuando las ves te hacen cosquillas con la mirada y eso gusta, sacar a pasear la sonrisa 24 horas ¡y ya sabes cómo nos gustaba a nosotras salir!
T., yo y la noche de Madrid.
– Escucha. Me sentó ‘como el culo’ aquello aunque creo que no reaccioné hasta tarde. Lo de aquel día, fue una faena, ¿sabes?
Para todos, para mi, para tu familia, para todos los que te queríamos con locura. No me lo esperaba y creo que me enfadé más conmigo que contigo por no haberlo visto venir.
No sé, podías haber… podía haber… o no. Quizás nadie pudo presagiar nada.
Solo quiero decirte que me alegro de que todavía vengas a veces de visita para saber, como tú decías, «qué se cuece por el mundo».
Está empezando a despuntar el sol y la tierra del parque que hay frente a nuestra casa comienza a dorarse.
Miro a T. que se desliza hacia el balcón y mientras se sube a mi mesa llena de recortes y libretas, me dice con ese acentazo coruñés tan quebrado que le conozco: «nena, no llores que nos veremos en el Nasti» y se pierde con un guiño de ojo tras el balcón.
San Valentín, el día «oficial» para demostrar amor.
En serio, no hay necesidad. No la hay. Necesidad de decírselo a los de siempre, al que tienes cerca; de dibujarle corazoncitos en las ventanas y de «te quieros» escritos en la sopa.
No es momento para lo que ya sabemos sino para lo que no sabíamos.
San Valentín es ese tiempo cosido a medida para decir «aún te quiero» a los que ya no esperan nada de ti.
Es un tiempo para los que nos lo dieron todo, los que nos lo quitaron, a los que se lo arrebatamos y a los que abandonamos.
«Blue Valentine» de Derek Cianfrance.
Y es que todos, cuando algo se termina, llevamos dentro un amor que dormita y a veces se despereza un poquito y entreabre los ojos con curiosidad.
Llevamos dentro un amor que juega al escondite y guarda secretos. Un amor con disfraz y careta que se airea una vez al año y que uno tiende con llamativas pinzas de colores en el patio de atrás.
San Valentín es ese tiempo para decir «de un modo u otro, siempre esperaré que te ocurran cosas buenas; de un modo u otro, siempre te querré«.
Noche estrellada. » No entiendo porqué algunas personas sienten que no merecen ser amadas»
Y es que el amor en tiempos de San Valentín es para aquellas personas a las que la vida ha vuelto eternas.
Si alguna vez te has preguntado cuál es el epicentro de tu vida, cuál es tu esencia, dite la verdad. Una verdad grande como puños, una talla XXL de verdad.
– Yo siempre quise escribir y vivir del cuento.
Y esta será tu verdadera verdad: la que cuando creces, crece contigo.
Hace unas semanas estuve de visita en el corazón de Bohemia.
Una maravilla, oye. Tres días y medio para conocer una ciudad sacada de un libro de los hermanos Grimm.
La ciudad de las cien torres no solo es arquitectura singular sino que tiene esos pequeños encantos que son construidos por los habitantes de la ciudad y que los foráneos promocionan únicamente con disfrutarlos.
«Mi» isla: Střelecký ostrov.
Un muro de John Lennon en el que nunca estuvo pero sí su gran horda de fans, una isla mágica con un pequeño tren a vapor en el que ruedan una película, una pizarra gigante para pedir deseos o un castillo en el que se escondía el Callejón del Oro, lugar de orfebres y sus pequeñas obras.
«Suéltate Freud». El hombre colgado «Hanging out» de David Černý.
Dos de los puntos más brillantes en mi corto viaje están relacionados con la música: la céntrica plaza de Old Town Square en la que Giovanni Bassano interpretaba éxitos como How to save a life (The Fray) o mis añoradas The man who can’t be moved (The Script) y Wherever you will go (The Calling) y el Puente de Carlos (Charles Bridge) en el que conocí a una genialísima jazz band de las que te obligan a pararte entre el gentío y que se te abra la boca de admiración.
Praga está repleta de cultura, de teatralidad, de notas y haces de luz dorada, sobre todo si viajas durante Otoño.
Si os gusta vivir el artisteo no dejéis de visitarla; tendréis la sensación de formar parte de un cuadro o de ser una marioneta que se deja llevar, entre rincones bohemios, por el viento.
Ella sabe que cada uno de nosotros deja tras de sí una estela de espuma con forma de canción, una banda sonora que te cuenta una historia, que te habla de un principio pero también de su final.
Y es que a ella le encantaba salir cada noche persiguiendo la música, enredándosela en sus botas de tacón, entre el humo de cigarrillos, de bar en bar. Hasta que le conoció.
Tras compartir unos cuantos crucigramas, ella le preguntaba con las palabras apretadas a qué sabían esos besos de su canción.
Bajito y casi susurrando muy cerca de su oído izquierdo, pues decía que así llegaría antes a su corazón (y era cierto), le daba él a conocer el nombre de su melodía.
Y ella se enamoraba locamente, completamente, estúpidamente de Él.
Así que estos últimos meses me he dedicado a cincelar las ideas que hay bajo mi peinado y he tomado la decisión de volver a mi estado natural: el surrealismo. Lo entenderíais mejor si supieseis lo bien que sabe el amarillo.
En mis manos ha caído una guía cuasi-espiritual en formato libro. Se llama Smile, de Rubén Turienzo y tiene una estética que recuerda a los archifamosos Mr. Wonderful pero con un contenido que les da mil vueltas.
Smile o el arte de practicar sonrisas.
Tras ojearlo y hojearlo, entenderéis que es mejor preguntarse (y responderse) «para qué» y no «por qué», cómo se practica una sonrisa o cuáles son las cuatro técnicas mágicas para ser positivo.
No sé a vosotros pero, para mi, que alguien reivindique que la vida mola, mola.
una cosa te voy a decir: lo de escribir Melancolía no tiene nombre. Ha sido como sacarme una foto, pintar un autorretrato y mirarme en el espejo.
Tu «Justine».
Melancolía de Lars Von Trier.
A mi director fetiche, Lars Von Trier, una vez más, gracias. Creo.
«La película Melancolía de Lars Von Trier integra, consciente o inconscientemente, el proceso de la psique de atravesar la sombra (saturnal de la muerte) hacia el renacimiento.
Una breve investigación de la depresión y la melancolía dentro de un marco de psicología y alquimia.»– ChristianBronstein –
Fotogramas del drama fílmico de Lars Von Trier en Melancolía.
«Justine. Hermosa mujer. ¿Dónde está mi frase? Siempre fuiste genial para crear una frase rapidamente. ¿Qué pasó? Tu vida emocional se apoderó de ti? Encontrar al hombre de tu vida ¿ha interferido con tu trabajo? Pregunto esto porque, si tuviera que elegir entre la mujer del querido Michael, y una empleada, siempre eligiría a la empleada.»
«Jamás digas lo que sientes.» «Publicidad, Justine, Publicidad».
Todos necesitamos un enlace que nos conecte con el pasado.
El mío se llama Wim Wendersy digerir sus escenas es sinónimo de percibir un sabor a sal y nostalgia en las palomitas.
“Yo solía darte largos discursos después que te fuiste. Yo solía hablar contigo todo el tiempo, a pesar de que estaba sola.
Caminé durante meses, hablándote. Ahora no sé qué decir. Era más fácil cuando sólo te imaginaba. Incluso te imaginé hablándome de nuevo.
Solíamos tener largas conversaciones, los dos solos. Era casi como si estuvieras allí. Podía escucharte, podía verte, olerte. Podía escuchar tu voz.
A veces, tu voz me despertaba. Me despertó en medio de la noche, como si estuvieras en la habitación conmigo. Entonces, poco a poco se desvaneció. No pude imaginarte más.
Traté de hablarte en voz alta como solía hacerlo, pero no había nadie allí. No podía oírte. Entonces todo se puso de cabeza. Todo se detuvo. Tú solo desapareciste.”