San Valentín, el día «oficial» para demostrar amor.
En serio, no hay necesidad. No la hay. Necesidad de decírselo a los de siempre, al que tienes cerca; de dibujarle corazoncitos en las ventanas y de «te quieros» escritos en la sopa.
No es momento para lo que ya sabemos sino para lo que no sabíamos.
San Valentín es ese tiempo cosido a medida para decir «aún te quiero» a los que ya no esperan nada de ti.
Es un tiempo para los que nos lo dieron todo, los que nos lo quitaron, a los que se lo arrebatamos y a los que abandonamos.
Y es que todos, cuando algo se termina, llevamos dentro un amor que dormita y a veces se despereza un poquito y entreabre los ojos con curiosidad.
Llevamos dentro un amor que juega al escondite y guarda secretos. Un amor con disfraz y careta que se airea una vez al año y que uno tiende con llamativas pinzas de colores en el patio de atrás.
San Valentín es ese tiempo para decir «de un modo u otro, siempre esperaré que te ocurran cosas buenas; de un modo u otro, siempre te querré«.
Y es que el amor en tiempos de San Valentín es para aquellas personas a las que la vida ha vuelto eternas.


