«¿Me contradigo? Muy bien, pues me contradigo. Soy inmenso, contengo multitudes». — Walt Whitman.

El ser humano está en constante evolución. Venimos a aprender, a experimentar, a equivocarnos y a cambiar de opinión tantas veces como creamos necesitarlo. Hay algo tremendamente hermoso en abrirle la puerta a esas ideas a las que un día se la cerramos y descubrir que llegan en el momento preciso en el que estamos dispuestos a dejarlas pasar.

Me cuesta entender la coherencia como algo inherente al ser humano. Veo en ti, en mí, que somos exploradores, que estamos hechos de experiencias, de impulsos, de dudas y descubrimientos. ¿Cómo podemos mantenernos fieles a una única forma de pensar cuando no somos los mismos que fuimos ayer?

Leí hace poco una reflexión de @andrutwin_ a propósito de Whitman, en la que describía el yo como un campo de batalla, una acumulación de impulsos, dudas, entusiasmos, retrocesos y voces que se pisan unas a otras. Y me hizo pensar en esa necesidad de buscar una coherencia absoluta, cuando quizá, como él mismo escribe, pretenderla sea mutilar la experiencia de ser humano.
No se trata de negar lo que siento, ni de dejar de explorar todas esas versiones que me habitan, sino de decidir cuáles de ellas quiero que guíen mis pasos. Gobernar un deseo es también aprender a gobernarme a mí misma, y, resulta curioso que, defendiendo la libertad de cambiar, encuentre cierta tranquilidad precisamente en poner límites a mis propios impulsos.
Hay algo que me desconcierta. He descubierto que actuar de acuerdo con ciertas ideas, incluso cuando mis deseos me empujan en otra dirección, termina proporcionándome una paz que no siempre llega de inmediato. A veces supone renunciar, resistirse a un impulso o aceptar que no todo lo que queremos tiene por qué convertirse en algo que hacemos. Todavía me cuesta. Mucho.

Me pregunto hasta qué punto la coherencia forma parte de nuestra naturaleza. Si somos seres en constante transformación, capaces de contener tantas versiones de nosotros mismos, ¿es realmente natural esa necesidad de alinear lo que pensamos con lo que hacemos? ¿O es una construcción, un esfuerzo consciente por encontrar cierta armonía entre todas esas multitudes que nos habitan?

Me inclino hacia lo segundo. La coherencia no tiene por qué ser nuestra naturaleza, quizá sea una elección, como lo es para mi la idea de amar. Una forma de decidir qué hacemos con todo aquello que sentimos, pensamos y deseamos. Cambiar de opinión es parte de aprender, y no seguir todos nuestros impulsos también lo es.
Al fin y al cabo, contener multitudes no significa tener que obedecerlas a todas.
