No pienses en mi

A veces creemos que amar tiene que ver con ser elegidos. Con ocupar un lugar, con recibir una mirada, con convertirnos en la respuesta de alguien.

Pero hay una forma más silenciosa de cariño que aparece cuando dejamos de preguntarnos qué rol nos está dando alguien en su vida y empezamos, simplemente, a alegrarnos de lo bonito que le sucede, incluso cuando no nos incluyen.

No nace de la resignación sino de reconocer que los demás también son protagonistas de sus propias historias.

Quizás madurar tenga algo que ver con eso: dejar de medir el valor por la atención que recibimos y recordar que la felicidad no es un recurso escaso sino que crece cuando es compartido. Que la ternura hacia el otro puede existir dejando a un lado el deseo.

Que, a veces, el corazón descansa cuando deja de preguntarse «¿y yo?» y se conmueve con la posibilidad de que la vida también esté siendo amable con otros. ;]

Moneda de cambio: rendición y renuncia

Aprendimos que las renuncias parecen derrotas y no orden, silencio y dignidad.

Aprendimos que renunciar era lo contrario a ganar, que soltar era falta de carácter, que insistir, aguantar, eran características innatas de fortaleza.


Y no todo lo que puedes sostener deberías sostenerlo. Y no todo lo que deseas merece tu fe.

Renunciar no es rendirse.
Rendirse es dejarse llevar por la realidad.
Renunciar es una decisión.

La rendición llega cuando ya no puedes. La renuncia aparece cuando podrías pero ya no quieres porque has entendido el coste que pagas: con tu calma, tu claridad, tu presencia, tu energía.

Pagas con tu ser, te conviertes en moneda de cambio.

Lo utilizas para comprar permanencia, aprobación, pertenencia o una idea de futuro que solo existe en tu mente.

Renunciar, entonces, no es un “me voy”, es un “ volver ”.

La dignidad no es orgullo: es coherencia

La dignidad es una forma de coherencia interna, una línea que no se negocia con otros, sino contigo.

Dejas de preguntarte si algo podría funcionar y te preguntas si esto me está haciendo bien, si te está volviendo más tú.

Seguir insistiendo es, en realidad, miedo: miedo al duelo, miedo al vacío, miedo a aceptar que algo no será.

Hay un punto en el que insistir deja de ser valentía y empieza a sentirse como una falta de respeto hacia uno mismo (respeto que tú defines).

La depuración del deseo como renuncia.

Existe un tipo de renuncia que no va hacia fuera, sino hacia dentro; no renuncias a una persona o a un plan sino a un deseo.

No todo lo que anhelas es una brújula que marca el Norte.
Algunos deseos son síntomas que nacen de la herida, de la carencia, de la necesidad de que algo o alguien venga a confirmar tu valor.

A veces lo que deseas no es lo que deseas; es lo que crees que te daría: calma, seguridad, cierre, validación, en fin, la fantasía.

Y no estarás eligiendo desde dentro sino que intentarás aliviarte con lo externo.

A veces, renunciar a ese deseo no es apagar el corazón. Es limpiarlo.

A veces soltar no es renunciar a lo que quieres, es renunciar a querer desde un lugar que no te construye, te rompe.

El templo

Buscaba seguridad pero no lo sabía, era solo una palabra más a la que atribuía importancia… pero no la entendía.

Preciosa semana sin obligaciones para poner y ponerme en orden; yo, la que predica acerca de la libertad dándome cuenta de que nada tiene que ver con el caos, del bienestar que me provoca saciar esta curiosidad mía de querer conocerme: con cabeza, con sentido, con lógica.

Entenderte para saber cómo accionas y quién quieres ser.

Nana cruel

La desilusión hecha canción.

«Yo que querría poder contarte que ahí afuera está la vida y solo hay gente que quisiera comprenderte y abrazarte y alegrarte y ayudarte siempre

La desilusión es necesaria; pasado el dolor, dale las gracias.

Valencia

Lo que tú has visto en alguien no es más que la proyección de quién eres en ese momento.

Tú y tus circunstancias.

Tenga o no máscara el otro, el filtro lo has puesto tú.

La ficción del deber constante de no parar

La culpa aparece en los márgenes del día. No sólo surge cuando hacemos algo que percibimos ilegítimo, también llega en situaciones en donde el cuerpo pide una pausa y la mente interpreta ese gesto como una renuncia. Incluso en jornadas destinadas al descanso, cuando la energía baja y el ritmo interno se vuelve más lento, surge la sensación de no estar “aprovechando la vida” lo suficiente.

Como si el valor de un día dependiera únicamente de su productividad.

La culpa no nace de la acción o la inacción, sino del relato que construimos alrededor de ella.

Hemos asociado presencia con obligación, disponibilidad con afecto y movimiento con virtud. Bajo ese marco, no desplazarse o no socializar se percibe como un alejamiento, aunque la intención sea simplemente sostenernos.

La mente confunde (porque eliges que así sea) límites con desinterés y olvida que, muchas veces, el cansancio es solo cansancio. No un mensaje oculto ni una negligencia emocional.

Tal vez necesitemos revisar la narrativa. Pensar en el descanso no como interrupción, sino como una parte más, legítima, de la vida mental y afectiva. Desligar el cariño de la presencia constante y el valor personal de la actividad incesante. Comprender que reservar energía también es una forma de cuidado.

La culpa se atenúa cuando dejamos de traducir cada pausa como un fallo y empezamos a verla como lo que es: un ajuste necesario, un retorno temporal hacia dentro, un espacio de preservación.

Se supone que existir es fácil pero nosotros nos empeñamos en hacerlo complicado.

Selfie

Vivimos con una cámara pegada en la cara. Guargamos registro de cada comida, cada escapada, cada interacción. Elegimos los fragmentos que creemos que nos aportarán más reconocimiento en otros ojos.

Sólo en ocasiones, y sólo unos pocos, dan vuelta a esa cámara y se enfocan a sí mismos.

No analizan lo externo, observan su propia figura tratando de comprender porqué tiene esa forma, qué es lo que la hace latir, cómo funciona. Primero, el «cómo», después llegan los «porqués».

Traspasan esa etapa necesaria y dilucidan que éstos no tienen importancia, se centran solo en observar lo que les proporciona salud física y mental.

Mi hobbie favorito llegó sin pensar, metacognición, lo llaman. Qué paradoja.

El cambio como elección y no como reacción

Alguien me explicó que hay personas que toman acción porque lo hacen desde el razonamiento y otras que solo son capaces de accionar si lo hacen desde la emoción. En este segundo grupo me encajó, y cito textualmente, «sin duda alguna».

Estaba leyendo sobre «el cambio como elección y no como reacción» y, sin buscarlo, la maquinaria se ha puesto en marcha.

La mayoría de las personas cambian cuando sienten que no pueden resistir más una situación, cuando han llegado al punto de enfermarse, cuando no pueden continuar en la misma posición en la que se encontraban habitualmente. Quizás, pienso yo, en automático.

Estoy pasando una temporada de (otro, sí) cambio interno que se está reflejando bastante en los hábitos que tenía, en cómo me estaba vinculando con otros. Me pregunto si me englobo en esa gran mayoría que cambia solo cuando el mundo aprieta y no les queda otra opción que cambiar o enfermar…

Ni siquiera me siento al límite ni considero estar cerca. Destaco en un par de cosas y una de ellas es mi capacidad de adaptación y resistencia a la adversidad, por lo que tengo claro que esa parte de emoción sigue siendo elástica, maleable y sigue intacta. ¿Entonces?

Y aquí me abrazo fuerte porque acabo de entender -o de evolucionar- una creencia que, sin querer, me estaba atando. 🙂

Necesidades vs querencia.

Durante los últimos 25 años he creído necesitar muy poco: pirámide de Maslow, un básico. Necesito oxígeno, alimento, agua, abrigo, un refugio.

Añado que no recuerdo haber podido colocar el afecto aquí, en la base. Nunca lo vi necesario; le doy importancia porque se la quiero dar, pero no lo considero vital. Si me lo quitas, no muero.

Pero, equivocadamente, estaba obviando un elemento de sostén de esa pirámide que recobré estas últimas semanas: el descanso.

Cómo pude no prestar atención a esto. Sí, en realidad lo sé. Estaba tan ocupada aliviando las cargas de otros que no prioricé en ningún momento tener tiempo para dedicarme: el aburrimiento que permite crear, mirar por la ventana, cerrar los ojos y sentir el viento, escuchar la lluvia en el patio, bailar, volver a escribir.

La esencia de todo lo que soy, lo que llevo dentro: sentir agradecimiento infinito por las cosas más cotidianas que me rodean. Sin adornos ni florituras.

Y yo lo coloqué en la querencia. Joder, qué equivocada he estado.

Lo abandoné, me abandoné. Dejé que el ego se impusiese una vez más para concebirme “ayudadora”.

Y aunque repito hasta la saciedad eso de “cada uno es responsable de sí mismo”, parece ser que no lo he practicado lo suficiente. Sin excusas, no ha sido sano durante un tiempo.

Primero uno mismo y su paz; el resto va después”. Y que piensen los demás lo que quieran.

Este cambio, por tanto, ha venido de la introspección y de la reflexión de la emoción, esa en donde ahora mismo solo soy capaz de actuar. Ha venido de entenderme abriéndome a otra perspectiva y eso ha creado un vuelco en mi sentir.

Yo lo he elegido, es lo que me apetece, es lo que estoy queriendo ahora mismo, es lo que estoy haciendo ahora mismo.

Todo encaja. 🙂

10 decibelios

Sólo cuando paré entendí el ruido. Demasiado a mi alrededor como para escucharme.

La prisa, la autoexigencia, sostener más a los demás que hacer mantenimiento de mi propia máquina.

Y es que llegó un cansancio tan grande que me tumbó varias semanas. Benditas.

«No pasa nada, eh, yo siempre me arreglo» – digo. Y me pongo al lío aunque no haya ganas.

Poco a poco, se trabaja en la recuperación. En bajito, sin que nadie lo oiga. Nada que pensar, sólo ser y estar. Respirar lentito.

No hacer nada especial, sino dejar de hacer; integrar la nada que tanto me asustaba como una pieza más de la carrocería. Nueva, que hay que observar y probar.

¿Y si el equilibrio no se encuentra en en lo que haces sino en lo que te permites?

Volver a vivirme en vez de sobrevivirme, dejar los esfuerzos y ser líquida. Bajar el sonido de las voces de otros para poder escucharme otra vez.

El espejismo del buenismo y la ilusión de la maldad

Escuchaba hablar del bien y del mal como si fuesen dos fuerzas opuestas claramente delimitadas y por más que lo intentaba, no lograba verlo así.

¿Por qué no entender antes que juzgar? No tengo memorias de ser capaz de llamar a alguien “malo” porque intuía – sin saber explicarlo- que detrás de cada acto había una lógica, un motivo, una historia.

Y esto, ojo, no es para ponerse una medalla.

Hace semanas me comentaron que esa forma de percibir el mundo tenía un nombre: empatía cognitiva. Esa mirada termina siendo un regalo que permite reconocer las causas detrás de los comportamientos humanos.

Cuánto tiempo confundí yo la profundidad con sufrimiento… Creía que sentir intensamente y resistir sin expresar era una forma de nobleza. Que el silencio doliente tenía algún valor, de algún modo, para mi. Hoy sé que aquello respondía a una construcción del ego: la ilusión de que el dolor te vuelve “especial”. Una idea romántica y destructiva.

El buenismo nace de esa misma raíz. Se tiñe de bondad pero es una distorsión de la empatía. Pretende que ser bueno consiste en cargar con el peso de los demás, en no ponerse límites, en justificar todo desde la comprensión (y nadie sabe mejor que yo lo mucho que todavía me cuesta esto). Esta forma de bondad es una trampa emocional y un insulto a la inteligencia: no sana, consume. No ilumina, diluye.

Cuando observamos el mundo bajo esa lógica, la maldad humana parece un fenómeno inconcebible, pero la realidad es más compleja. La maldad, entendida como voluntad consciente de dañar, es poco frecuente. Lo que solemos llamar “maldad” es más bien ignorancia, miedo o desconexión de uno mismo. La mayoría de los actos dañinos surgen de la inconsciencia, no del propósito deliberado de hacer daño.

De ahí que el bien y el mal, en su forma más pura, me pierdan todo sentido. No son absolutos, sino consecuencias: aquello que te acerca o te aleja de tu equilibrio interior.

El resto (las categorías, los juicios, las etiquetas) son intentos humanos por encajar la ambigüedad moral en la que todos participamos.