El espejismo del buenismo y la ilusión de la maldad

Escuchaba hablar del bien y del mal como si fuesen dos fuerzas opuestas claramente delimitadas y por más que lo intentaba, no lograba verlo así.

¿Por qué no entender antes que juzgar? No tengo memorias de ser capaz de llamar a alguien “malo” porque intuía – sin saber explicarlo- que detrás de cada acto había una lógica, un motivo, una historia.

Y esto, ojo, no es para ponerse una medalla.

Hace semanas me comentaron que esa forma de percibir el mundo tenía un nombre: empatía cognitiva. Esa mirada termina siendo un regalo que permite reconocer las causas detrás de los comportamientos humanos.

Cuánto tiempo confundí yo la profundidad con sufrimiento… Creía que sentir intensamente y resistir sin expresar era una forma de nobleza. Que el silencio doliente tenía algún valor, de algún modo, para mi. Hoy sé que aquello respondía a una construcción del ego: la ilusión de que el dolor te vuelve “especial”. Una idea romántica y destructiva.

El buenismo nace de esa misma raíz. Se tiñe de bondad pero es una distorsión de la empatía. Pretende que ser bueno consiste en cargar con el peso de los demás, en no ponerse límites, en justificar todo desde la comprensión (y nadie sabe mejor que yo lo mucho que todavía me cuesta esto). Esta forma de bondad es una trampa emocional y un insulto a la inteligencia: no sana, consume. No ilumina, diluye.

Cuando observamos el mundo bajo esa lógica, la maldad humana parece un fenómeno inconcebible, pero la realidad es más compleja. La maldad, entendida como voluntad consciente de dañar, es poco frecuente. Lo que solemos llamar “maldad” es más bien ignorancia, miedo o desconexión de uno mismo. La mayoría de los actos dañinos surgen de la inconsciencia, no del propósito deliberado de hacer daño.

De ahí que el bien y el mal, en su forma más pura, me pierdan todo sentido. No son absolutos, sino consecuencias: aquello que te acerca o te aleja de tu equilibrio interior.

El resto (las categorías, los juicios, las etiquetas) son intentos humanos por encajar la ambigüedad moral en la que todos participamos.

Mi carga es mía

Hacía tramitos del Camino cuando podía, me encanta salir a caminar, por donde sea, a veces redescubrir callejones de esta ciudad, otras la inmensidad del campo. También tengo preferencias, claro, el bosque y las sendas arboladas hacen ‘clic’ conmigo.

Pensaba hoy en que años atrás volví a recorrer la etapa gallega. Llevaba yo acompañantes y todos portábamos mochilas.

Había aprendido, de anteriores ocasiones, a llevar conmigo lo imprescindible para que mi atención en el camino fuese para lo que me apetecía: observar la naturaleza que me envolvía, nutrirme de paisajes nuevos, saberme capaz de hacer.

Curioso el momento en que encontramos servicios que llevan estas cargas de un punto a otro del Camino. – ¡Maravilloso, oye! – Mucha emoción en el grupo, cola para hacer el encargo. Me alegra saberlos aliviados, sin embargo eso no es para mi.

Me gusta mi carga. No muchos lo entienden. 🙂

Hubo innumerables intentos de convencerme, y yo escucho, pero decido convencida que no. – Mi carga es mía. – Quiero llevarla, me gusta llevarla, me gusta saberme así.

Caritas de incredulidad, recordatorios constantes en la avanzadilla, intentos de quitármela porque «cómo van a ir personas fornidas, grandes, fuertes sin mochila y yo, pequeña y más endeble, hasta arriba». No creáis que no veo sus buenas intenciones, vaya, me gusta mucho el mimo, pero veo lo que va detrás de eso «yo sé lo que es mejor para ti e ignoro lo que tú dices que quieres por mi idea de lo que te conviene más o de lo que yo creo que debe ser».

No hay nada más desgastante que tener un revoloteo constante a tu alrededor de «deberías» y «tendrías que…». En momentos así recurro a mi burbuja, te escucho pero las palabras rebotan y vuelven a ti. Sin más, sin frustraciones ni enfados.

Yo ya aprendí a no gastar energía en donde no quiero, yo ya aprendí a no sostener bucles de otros ni míos, yo ya aprendí a escuchar, valorar y a no dejar que me «toque». A que puedo equivocarme sin dramatizar, que puedo cambiar de opinión una y otra vez, reconocerlo y seguir.

Sigo mi camino. Mi carga es mía, me gusta llevarla. 🙂

El regalo ‘feo’

El momento es perfecto tal como es, aunque duela, aunque todavía no lo entiendas.

No hay destino ni suerte.

Todo lo que está fuera, está a su vez dentro, aunque te duela, aunque todavía no lo entiendas.

El miedo

Me asustaba perderte pero más miedo tuve de perderme a mi.

Así, sí

Pues he descubierto que no hay mejor compañero de baile que yo.