Sólo cuando paré entendí el ruido. Demasiado a mi alrededor como para escucharme.
La prisa, la autoexigencia, sostener más a los demás que hacer mantenimiento de mi propia máquina.
Y es que llegó un cansancio tan grande que me tumbó varias semanas. Benditas.
«No pasa nada, eh, yo siempre me arreglo» – digo. Y me pongo al lío aunque no haya ganas.
Poco a poco, se trabaja en la recuperación. En bajito, sin que nadie lo oiga. Nada que pensar, sólo ser y estar. Respirar lentito.
No hacer nada especial, sino dejar de hacer; integrar la nada que tanto me asustaba como una pieza más de la carrocería. Nueva, que hay que observar y probar.
¿Y si el equilibrio no se encuentra en en lo que haces sino en lo que te permites?
Volver a vivirme en vez de sobrevivirme, dejar los esfuerzos y ser líquida. Bajar el sonido de las voces de otros para poder escucharme otra vez.


