Vivimos con una cámara pegada en la cara. Guargamos registro de cada comida, cada escapada, cada interacción. Elegimos los fragmentos que creemos que nos aportarán más reconocimiento en otros ojos.
Sólo en ocasiones, y sólo unos pocos, dan vuelta a esa cámara y se enfocan a sí mismos.
No analizan lo externo, observan su propia figura tratando de comprender porqué tiene esa forma, qué es lo que la hace latir, cómo funciona. Primero, el «cómo», después llegan los «porqués».
Traspasan esa etapa necesaria y dilucidan que éstos no tienen importancia, se centran solo en observar lo que les proporciona salud física y mental.
Mi hobbie favorito llegó sin pensar, metacognición, lo llaman. Qué paradoja.

