Creías haber hecho la jugada maestra, creías que entendías el ritmo, el tempo, la cadencia; y sin darte cuenta, te quedas fuera de juego.
Algo dejó de encajar mientras en el campo todo seguía corriendo, y yo me quedé quieta, observando, con la extraña certeza de que la parálisis y el silencio no eran castigo, sino tregua.
Entendí cómo llega la lucidez, que aquel paréntesis era una cura disfrazada, que salir del partido es lo que permite ver la inmensidad del campo.
Desde fuera todo se ordena distinto: las jugadas fallidas se vuelven lecciones, la contención y el silencio, espacio para respirar.
