El hombre vivía inmerso en los libros.
Forró las pareces de su casa con eternas rimas y rigurosos tratados. Retiró la comida del frigorífico y se calentó, en una olla, una sopa de letras de la que engulló, ferozmente, las palabras.
Recopiló de la pared, empapelada de versos y tristeza, los divinos símbolos de la voz. Los dispuso en grupos de dos, tres y ocho letras para almacenarlos, después, en la nevera y tener así algo que llevarse a la boca y algo que saliese de ella.
Poco a poco el hombre de letras devastó la literatura que le quedaba.
O puede que fuese la literatura la que acabase con él.

