Esas fachadas inventadas que solo la luna y yo podemos entender. Dos horas a la semana para sentarme frente a ti y quererte a latidos.
Murales con personas pintadas que llevan dentro el recuerdo de otras personas mientras yo agonizo contigo, herrumbre sobre mis hombreras. Instantes de mi, me, conmigo provistos de tanta claridad que deslumbran mi ceguera. Al ritmo de los golpes, son a veces varapalo, a veces hilaridad.
Amoritmos inventados en pie de guerra cuando la luz se ahoga.
Al pensamiento le espanta el rugido de esta boca, pero puesta mi boca en mi mano, el mundo se desvanece y la pena se va.
Esas historias medio soñadas que bailan en mi cabeza, que giran y giran como muñequitas de ballet, son la mejor/peor baza que existe para que uno sobrelleve la vida.
Ya sabes, esas cosas que no pienso demasiado. Como quedar contigo para comernos con los ojos. Y si eso, tomarnos un café.
La verdadera importancia de tomarse un café radica en que siempre, siempre, siempre genera una nueva oportunidad.
Muchos príncipes pasaron por su reino y trataron de hacerle grandes promesas.
Uno de ellos prometió traerle la eternidad, otro se aventuró a obsequiarla con la luz de la luna para que nunca más temiese a la oscuridad.
El tercero quiso conseguirle un instante, otro dejó tras la puerta de la princesa una caracola de mar, otro pretendió convertirla en una muñequita para que no tuviese que crecer jamás.
Prometieron y prometieron hasta que la princesa regaló sus promesas y dejó de creer en príncipes.
«La reina sin nombre» libro de María Gudín (motivador y fácil de leer, recomendado).
Forró las pareces de su casa con eternas rimas y rigurosos tratados. Retiró la comida del frigorífico y se calentó, en una olla, una sopa de letras de la que engulló, ferozmente, las palabras.
Recopiló de la pared, empapelada de versos y tristeza, los divinos símbolos de la voz. Los dispuso en grupos de dos, tres y ocho letras para almacenarlos, después, en la nevera y tener así algo que llevarse a la boca y algo que saliese de ella.
Poco a poco el hombre de letras devastó la literatura que le quedaba.
O puede que fuese la literatura la que acabase con él.
Aunque, estoy de acuerdo, se leía mal pues soy miope.
Pensaba yo que tras aquella conversación tan sincera no habría que ocultar sentimientos, ni miedos, ni ninguna amalgama de palabras malsonantes.
Y aunque te dolió, me entendiste, como siempre, lloraste y te secaste los mocos tiernamente con un pañuelo mentolado.
Me fui feliz a casa por primera en años vez atravesando puertas y paredes cual espectro burlón, pero al entrar en la sala y contemplar mi incorpórea silueta en el espejo percibí, que bajo las costillas, había un hueco en lugar de un corazón.
¿Qué ocurre cuando amas? ¿Y cuando eres amado? Una experiencia fílmica diferente de tema amoroso pausado y común.
En el Hong Kong de los años 60’s, una mudanza hace florecer, entre dos individuos aparentemente extraños, una atracción inevitable que trata de ocultarse a allegados y a sí mismos.
La recurrencia “chico gusta a chica” empareda una historia que podría ser más diligente con los elementos técnicos que agrandan el cuadro.
El director de la pieza, Wong Kar Wai, con una perspectiva aguda de las situaciones de convivencia en un pequeño conjunto de apartamentos en el frío Japón, desvelamos la interpretación de unos actores paradigmáticos y osados que resucitan a unos personajes distantes y desolados.
La iluminación espléndida se combina a la perfección con unos decorados agonizantes y embutidos que elevan la complicidad de unos diálogos vagamente trabajados.
Sorprendente función de montaje repleto de movimientos acompasados por una banda sonora extraordinaria que llena la gran pantalla con sus bamboleantes y sensatos movimientos.
La delimitación de los encuadres teje una deliciosa descripción de los abatidos seres que se aman, dotándolos de un incierto don para recular ante sí mismos en las tensas situaciones que se provocan.
El paralelismo y los juegos de reclusión entre los protagonistas sensibilizan al espectador ante un posible drama que nunca se convierte en infelicidad plena.
La magia amorosa se trasporta a la cámara que contempla una visión desde el desenfoque práctico y estético.
Una lentitud mal medida de final impropio configura, a la par, una dilucidante mirada artística a un pasaje de un cuento inacabado.
Una película que deseando amar, casi roza el ser amada.
Sentí el estómago ardiendo, se me encendieron las mejillas y te quedaste en silencio entre mis brazos. Pensé que sería mejor dejar de respirar para que esto no pudiese quedarte pequeño.
Te fuiste con unos céntimos en las manos y esos besos prestados en los bolsillos sabiendo que las miradas no regresaban al lugar de donde habían salido.
La Historia habla por sí sola, un aditivo de pulcritud moral que acecha bajo el ser humano y se deja olfatear a nuestro alrededor es la tónica que nos muestra Hany Abu-Assad en Paradise Now, el paraíso de los que se saben muertos.
Un trágico relato de análogo final, tan generoso como áspero, la misma humanidad hecha pedazos por la realidad de quien es venerada; un culto a la educación, precaria o no, de la orilla del mundo menos conocida y quizá la más tildada por su falta de valores.
Filme de Paradise Now.
La propuesta de este director de origen palestino recrea con arrojo la vida estancada de un muchacho humilde que convive con la fatalidad de la guerra palestino-israelí en Nablus, su ciudad natal, en la que familia y amigos tratan de sobrevivir del modo más digno posible mientras que él, afronta una lucha paralela entre su conciencia y sus anhelos al ser seleccionado con honores por un grupo terrorista palestino para llevar a cabo la primera misión kamikaze de importancia en territorio “opresor”.
No se debe pasar por alto la esencia documental del filme desde su inicio hasta el final, narrado desde un punto de vista al que muy pocos se adhieren, el del suicida, víctima y verdugo de una sociedad vacía de escrúpulos y desdeñada por la cabeza pensante de grupos fanático-religiosos que elevan a sus seguidores a la categoría de “mártires”.
Sin duda alguna, Hany Abu-Assad ha sabido sumir al espectador en un debate sobre el reconocimiento de lo propio como causa del horror y la defensa de las costumbres como una realidad dada, única y verdadera.
Paradise Now reinventa viejos contrastes, olvidados ya, entre las civilizaciones de dudosa integridad que lideran sus batallas por la dignidad de la persona mientras fomentan el odio por los que solo conocen lo que les han enseñado.
Paradise Now puede ser, tan solo, una película más para los que continúan viviendo con los ojos rasgados pero para otros no es la historia la que nos forja sino que somos nosotros los que forjamos a historia.
Cosas como sentir tu olor de repente o notar una caricia en la mano, que me altera, hasta que descubro estúpidamente que se trata de la manta de la cama.
Y es que, ¿quién pensaba ya entonces que todo esto era una broma?