Como predijisteis ocurrió.
Sentí el estómago ardiendo, se me encendieron las mejillas y te quedaste en silencio entre mis brazos. Pensé que sería mejor dejar de respirar para que esto no pudiese quedarte pequeño.
Te fuiste con unos céntimos en las manos y esos besos prestados en los bolsillos sabiendo que las miradas no regresaban al lugar de donde habían salido.
– ¿Y ahora qué hago?

