Entre lo ordinario y lo extraordinario se encuentra Alex Prager.
Me acabo de asombrar al descubrir a esta genialísima fotógrafa ( con «a», en negrita y mayúsculas) que ha trabajado de forma autodidacta toda su vida.
Que se ha recorrido Europa, dicen por ahí, que adquiría e interiorizaba las hojas escritas de algún libro sobre fotografía en cualquier garaje de compra-venta y batiburrillos de segunda mano.
Ha hecho sus pinitos con una cámara comprada en eBay y tiene una sensibilidad especial, y una estética que «yo que sé que qué sé yo», y su manejo del color en el objetivo.
¡Qué brutalidad tan hermosa la de sus ojos tras el cristal!
Como nos dicen en Cultura Colectiva, “el universo en el que se inspira Prager es lo urbano, el mundo de Pulp Fiction, la fotografía de moda y los suburbios surrealistas de Greory Crewdson; en la perspectiva de la identidad femenina de Cindy Sherman, la sensualidad de Guy Bourdin y el drama que Roy Lichtenstein dibuja en el rostro de sus mujeres.
El resultado son instantáneas cargadas de intencionalidad, de deseo, de angustia, de feminidad y melodrama.Esto explica que el adjetivo por antonomasia que acompaña al trabajo de Prager no sea otro que: cinematográfico.
Y es que la sensación que desprenden sus imágenes es que algo está a punto de suceder.”
“Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentar solo los hechos esenciales de la vida, y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar, no fuera que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido […]
Más que el amor, el dinero o la fama, deseo la verdad.
Me senté a una mesa donde había manjares exquisitos y vino en abundancia, rodeado de comensales obsequiosos, pero carente de verdad y sinceridad. Me alejé de esa mesa inhóspita sintiendo todavía hambre. La hospitalidad era tan fría como el hielo.“
Walden o la vida en los bosques de Thoreau. Transcripción a mano de Kevin Simón Mancera ¡Haz ‘Clic’ para leerlo!
“Sé por experiencia que, en la vida, solo en contadísimas ocasiones encontramos a alguien a quien podamos transmitir nuestro estado de ánimo con exactitud, alguien con quien podamos comunicarnos a la perfección.
Es casi un milagro, o una suerte inesperada, hallar a esa persona.
Seguro que muchos mueren sin haberla encontrado jamás.”
Ocho años han arrugado la manga en la que lo guardaba. Hoy confieso. Le profeso el mismo inmenso amor que el de aquel primer día.
Pasión por el cine.
Si hubiese sido, sería un cartel de cine plasmado en uno de esos papeles que parecen servilleta.
Sería antiguo, ajado, con marcas de lluvia recorriendo la superficie como si fuesen las lágrimas que alguien se olvidó borrar.
Me situaría cerca de una taquilla de esas en las que venden entradas para las películas más novedosas, los últimos estrenos por los que se crean hormas de gente, que apelotonadas, esperan que el último ticket no se lo lleve el de delante.
Y nadie se fijaría en mí.
Pasaría desapercibido por su lado e, incluso, a algunos les sorprendería encontrarme casi intacto en el mismo rincón en donde me habían dejado y aún así, seguirían rumbo a la historia que los transportará lejos de aquí; tan lejos que mientras permanezcan con la mirada estupefacta ante la pantalla olvidarán que todavía existen. Ilusos.
Fotograma de la película de Truffaut, Jules et Jim.
Si hubiese sido un viejo cartel de cine, sería para encontrar, durante el último pase cuando los cinéfilos sueñan en las butacas con la magia de los clásicos -los filmes sublimes, La Esencia-, el rostro que se ilumina al mirarme, el ser indicado que al entrar en la sala no deseé otra cosa en el mundo, más que renacer en forma de uno de esos carteles de cine, ajados por el tiempo, en el que solo unos pocos se son capaces de reconocer.
– ¡Amores a rajatabla, guapa! – anunciaba aquella mujer mientras los metía en una bolsa a punto de rebentar.
– ¡Hay amores para todos! – se explicaba – amores enormes y asequibles, de colores; amores de bolsillo y navideños, amores de edición limitada y de pega. Amores simpáticos, ¡niña!, oscuros y con brillo en la mirada ¡Hay amores para todos! ¡no se queden sin amor! – cantaba mientras rebuscaba algunos entre sucias cajas – ¡cómprame amores, guapa! ¡Amores al peso, amores!
«Amores que van y vuelven y nunca se quedan«- o eso pensaba.- Y tan pronto lo presintió, ahí estaba: entre cajas y amores halló el que más ansiaba.
«Love yourself first». Fotograma de www.maryandmax.com.
Siempre me pasa lo mismo. Es ver y admirar, admirar y querer. Un querer del bueno, de los que nacen en el pechito.
Os hablo de Ideas for Fuel, el proyecto creativo de Jonay Sosa, un copy de origen español que hay que empezar a adular desde ya mismo.
Jonay, perdió su empleo en Madrid debido a una rescisión en su contrato y a raíz de esto, y de que sintió que debía comenzar de cero, puso a punto su vieja furgoneta y decidió crear una pequeña empresa itinerante llamada Ideas for Fuel.
Ideas for Fuel en camino.
Su trabajo consiste en viajar y ofrecer sus servicios creativos, por todo el mundo, a cambio de un módico precio de 10€/hora para llenar el depósito de su antigua California con galosina.
Actualmente Jonay ha visitado 8 países, ha sido empleado en 10 agencias, ha recorrido 7.956 km y se ha tomado unas 348 valiosas cervezas que le han valido conocer a gran diversidad de personas ¡Todo un enriquecimiento!
Jonay, además, ha creado en Instagram una cuenta llamada Esquinas en el mundo en la que fotografía sus frases, poemas y pensamientos.
Imagen del proyecto personal en Instagram, Esquinas en el mundo, de Jonay Sosa.
Desde luego, estamos ante uno de esos pocos personajes de los que hay que sentirse fan.
Una cosa quería decirle yo a usted, amigo, si es que todavía puede una llamarle así.
Cuando comenzó el final ya había usted interpuesto en nuestras vidas, no solo vallas de circuito, sino muros más altos que el de Berlin.
¿Y será tan vago su recuerdo que apenas percibe dónde se cayó usted por primera vez?
Recuerde, amigo, recuerde y entenderá que el batir del ala de una mariposa en Tokio es causa más que justificada de mi incipiente derrota interior dando así, por finalizados, años después, los términos de nuestro acuerdo amoroso.
«O viceversa».
No obstante, amigo, no se apene usted, por esta incontinencia verbal que le atañe, pues verá, en el transcurso de mi vida, irremediablemente su imagen ha permanecido grabada en mi sien debido a esta prodigiosa memoria que bien me conoce, desde las primeras flores amarillas del desayuno hasta las noches de tortilla y almohada; y debo decir a su favor, que en cada uno de mis prominentes recuerdos, solo le veo a usted sonriente y repleto de brillo en los ojos y me gustaría, en caso de ser pertinente y si fuera posible, pedirle que continúe siendo así ahora.
No es justicia, sino karma, amigo mío, lo que también yo he padecido, que durante años me partió los huesos de las piernas evitándome caminar y por mi cabezonería supongo, me predispuse al arrastre entre zarzas, y que sangrando las heridas, caí al mar, me hundí en sus profundidades y aprendí sin piernas, con las mismas pocas ganas que llevo dentro ahora, a nadar.
«No es sobre forzar la felicidad, se trata sobre no dejar ganar a la tristeza.»
¿Podrá usted comprender entonces que sus hazañas y mis hazañas duelen por igual?
¿Podrá percatarse algún día, amigo mío, porque algún día espéromelo encontrar, que de las migajas de su vida no me puede culpar ni más ni menos de las que yo a usted por empezar a dar el corte en el pan?
Si en una noche cualqesquiera usted se llegase a percatar de la realidad aquí ocurrida y brevemente relatada, tendría conmigo la dicha más grande de saberle en paz, feliz, sonriente y repletos de brillo sus ojos porque entendería, finalmente, que el karma devolverá amor porque hubo amor de verdad.
No he podido evitar la comparación entre dos grandes autores al comenzar a leer Rayuela (Julio Cortázar) y ver el filme de Les Amants Pont Neuf.
CAPÍTULO I.
“Sé que un día llegué a París, sé que estuve un tiempo viviendo de prestado, haciendo lo que otros hacen y viendo lo que otros ven. Sé que salías de un café de la rue du Cherche-Midi y que nos hablamos […] y nos metíamos en un café del Boul Mich y de golpe, entre dos medialunas, me contaste un gran pedazo de tu vida.
Cómo podía yo sospechar que aquello que parecía tan mentira era verdadero […]
Más tarde te creí, más tarde hubo razones, hubo madame Leonie que mirándome la mano que había dormido con tus senos me repitió casi tus mismas palabras. «Ella sufre en alguna parte. Siempre ha sufrido. Es muy alegre, adora el amarillo, su pájaro es el mirlo, su hora la noche, su puente el Pont des Arts.» […]
Fotograma del filme Medianoche en Paris, de Woody Allen.
Y mirá que apenas nos conocíamos y ya la vida urdía lo necesario para desencontrarnos minuciosamente.
Como no sabías disimular me di cuenta en seguida de que para verte como yo quería era necesario empezar por cerrar los ojos, y entonces primero cosas como estrellas amarillas (moviéndose en una jalea de terciopelo), luego saltos rojos del humor y de las horas, ingreso paulatino en un mundo-Maga que era la torpeza y la confusión pero también helechos con la firma de la arena Klee, el circo Miró, los espejos de ceniza Vieira da Silva, un mundo donde te movías como un caballo de ajedrez que se moviera como una torre que se moviera como un alfil.
Y entonces en esos días íbamos a los cine-clubs a ver películas mudas, porque yo con mi cultura, no es cierto, y vos pobrecita no entendías absolutamente nada de esa estridencia amarilla convulsa previa a tu nacimiento, esa emulsión estriada donde corrían los muertos; pero de repente pasaba por ahí Harold Lloyd y entonces te sacudías el agua del sueño y al final te convencías de que todo había estado muy bien, y que Pabst y que Fritz Lang.
Instantánea de Los Soñadores (The Dreamers) de Bernardo Bertolucci.
Me hartabas un poco con tu manía de perfección, con tus zapatos rotos, con tu negativa a aceptar lo aceptable.
Comíamos hamburgers en el Carrefour de l’Odeon, y nos íbamos en bicicleta a Montparnasse, a cualquier hotel a cualquier almohada […] Dejábamos las bicicletas en la calle y nos internábamos de a poco, parándonos a mirar el cielo porque esa es una de las pocas zonas de París donde el cielo vale más que la tierra.”
– Rayuela (Julio Cortázar) –
Les Amants du Pont Neuf / Los amantes de Pont Neuf (en la voz de la gran Nina Simone)
No he vuelto a conocer a una persona «de color rojo».
-Joder, T, cierra la ventana, hace un frío de cojones todavía. Brrf. Pásame esa manta. ¿Traes unos pitis?
T, saca una pitillera con cremallera de color rojo desde detrás de la ventana mientras me sonríe maliciosa y da un brinco desde el balcón hasta quedarse al lado de mi cama.
T. siempre me visita así, por la noche, acechando desde afuera, como si mi cuarto y el suyo no estuviesen a una puerta, pared con pared.
Me pasa un cigarrillo Lucky, que son los que fumamos generosamente en esta casa, aspira el humo y me lo echa en la cara con una mueca burlona. La empujo y finjo toser. Me abraza.
Con todo mi amor, te echamos de menos.
-Oye, tu ya sabes que todo el mundo tiene secretos pero creo que este se pasa un poco de la raya, ¿no?.
T. se encoge de hombros y se recuesta panza arriba sobre la cama. Apaga la luz a sus espaldas y ojea mis posters de cine a través de esa oscuridad clara que nos regala la luna. El de Elephant le encanta. Yo enciendo el mechero y me tumbo cerca de ella. Silencio y caladas.
– Lo pasamos de puta madre ahí atrás, ¿eh? – nos miramos sin poder evitar reírnos a carcajadas – Estaba pensando en que no recuerdo el día en que te conocí, joder, T., no lo recuerdo. Supongo que fue en el comedor de la residencia, la ostia, qué ilusión nos hacía decir que éramos gallegas. Nostalgia creo, morriña de dos días de los que estudiamos fuera.
Si me fijé en ti tuvo que ser porque eres una payasa, no te enfades, ¿eh? pero es la verdad.
Eres de esas personas que cuando las ves te hacen cosquillas con la mirada y eso gusta, sacar a pasear la sonrisa 24 horas ¡y ya sabes cómo nos gustaba a nosotras salir!
T., yo y la noche de Madrid.
– Escucha. Me sentó ‘como el culo’ aquello aunque creo que no reaccioné hasta tarde. Lo de aquel día, fue una faena, ¿sabes?
Para todos, para mi, para tu familia, para todos los que te queríamos con locura. No me lo esperaba y creo que me enfadé más conmigo que contigo por no haberlo visto venir.
No sé, podías haber… podía haber… o no. Quizás nadie pudo presagiar nada.
Solo quiero decirte que me alegro de que todavía vengas a veces de visita para saber, como tú decías, «qué se cuece por el mundo».
Está empezando a despuntar el sol y la tierra del parque que hay frente a nuestra casa comienza a dorarse.
Miro a T. que se desliza hacia el balcón y mientras se sube a mi mesa llena de recortes y libretas, me dice con ese acentazo coruñés tan quebrado que le conozco: «nena, no llores que nos veremos en el Nasti» y se pierde con un guiño de ojo tras el balcón.