El espejismo del buenismo y la ilusión de la maldad

Escuchaba hablar del bien y del mal como si fuesen dos fuerzas opuestas claramente delimitadas y por más que lo intentaba, no lograba verlo así.

¿Por qué no entender antes que juzgar? No tengo memorias de ser capaz de llamar a alguien “malo” porque intuía – sin saber explicarlo- que detrás de cada acto había una lógica, un motivo, una historia.

Y esto, ojo, no es para ponerse una medalla.

Hace semanas me comentaron que esa forma de percibir el mundo tenía un nombre: empatía cognitiva. Esa mirada termina siendo un regalo que permite reconocer las causas detrás de los comportamientos humanos.

Cuánto tiempo confundí yo la profundidad con sufrimiento… Creía que sentir intensamente y resistir sin expresar era una forma de nobleza. Que el silencio doliente tenía algún valor, de algún modo, para mi. Hoy sé que aquello respondía a una construcción del ego: la ilusión de que el dolor te vuelve “especial”. Una idea romántica y destructiva.

El buenismo nace de esa misma raíz. Se tiñe de bondad pero es una distorsión de la empatía. Pretende que ser bueno consiste en cargar con el peso de los demás, en no ponerse límites, en justificar todo desde la comprensión (y nadie sabe mejor que yo lo mucho que todavía me cuesta esto). Esta forma de bondad es una trampa emocional y un insulto a la inteligencia: no sana, consume. No ilumina, diluye.

Cuando observamos el mundo bajo esa lógica, la maldad humana parece un fenómeno inconcebible, pero la realidad es más compleja. La maldad, entendida como voluntad consciente de dañar, es poco frecuente. Lo que solemos llamar “maldad” es más bien ignorancia, miedo o desconexión de uno mismo. La mayoría de los actos dañinos surgen de la inconsciencia, no del propósito deliberado de hacer daño.

De ahí que el bien y el mal, en su forma más pura, me pierdan todo sentido. No son absolutos, sino consecuencias: aquello que te acerca o te aleja de tu equilibrio interior.

El resto (las categorías, los juicios, las etiquetas) son intentos humanos por encajar la ambigüedad moral en la que todos participamos.

Los estados del ser

Quietud.
Del lat. quietūdo, -ĭnis.

f. Reposo, sosiego o tranquilidad.

Tengo muy poquitas manías pero buscar palabras, enredarme un ratito en lo que significan y ligarlas con otros conceptos viene de fábrica. ;]

La quietud, entonces, no es una emoción, sino un estado del ser. Como la paz, la felicidad, el agradecimiento, el amor, la presencia, la claridad y la entrega.

Si estos son estados del ser, las emociones se mueven dentro de ellas. Puedes sentir tristeza en la paz, alegría en la quietud o miedo en la presencia.

Tu estado del ser marca el ritmo de todo lo demás. Desde ahí percibes, decides, reaccionas.

No determina quién eres, pero sí cómo expresas quién eres. Es la calidad del espacio interior en el que te habitas.

Divagaciones (I)

Los vínculos no necesitan ser explicados, los actos son más claros que las palabras.

En este contexto me hallo: escuchando acerca del concepto de reciprocidad y del porqué es necesaria.

Y yo, que no lo creo así.

Das lo que eres, ofreces lo que quieres dar, eres como eliges ser.

¿Por qué preguntarte los porqués de otros? ¿Realmente importan?

Yo, creyente firme de la libertad del individuo, veo en la no intervención, dejar que el otro sea sin intentar modificar su rumbo ni provocar una reacción.

-No me gusta lo que ha hecho.

-Díselo.

Me interesa el para qué, no el porqué. ¿Qué buscaría con eso? ¿Que el otro sea consciente cuando no lo es?, ¿acortar su proceso (si es que está en alguno) ? Que cambie una conducta, que suavice por mi lo que no le es natural, lo que no le nace. ¿Quién querría eso?

En algunas circunstancias hablar solo busca reafirmar nuestra importancia. Oh, el ego.

La coherencia reside ahí: en la capacidad de observar con calma, aceptar lo que se muestra y decidir desde la quietud qué lugar queremos ocupar.

Decidir estar, decidir no estar. En términos absolutos, a ratos, a veces. Como tú quieras.

No se trata de indiferencia, sino de entender que cada uno actúa desde su propio nivel de consciencia y que la tarea no es «educar», «corregir», reclamar ni ajustar, sino preservar la serenidad propia.

Elegir el silencio no siempre es distancia; puede ser amar la libertad del otro y la dignidad de uno mismo permitiendo que coexistan sin hacerse heridas.

Fuera de juego

Creías haber hecho la jugada maestra, creías que entendías el ritmo, el tempo, la cadencia; y sin darte cuenta, te quedas fuera de juego.

Algo dejó de encajar mientras en el campo todo seguía corriendo, y yo me quedé quieta, observando, con la extraña certeza de que la parálisis y el silencio no eran castigo, sino tregua.

Entendí cómo llega la lucidez, que aquel paréntesis era una cura disfrazada, que salir del partido es lo que permite ver la inmensidad del campo.

Desde fuera todo se ordena distinto: las jugadas fallidas se vuelven lecciones, la contención y el silencio, espacio para respirar.

Mi carga es mía

Hacía tramitos del Camino cuando podía, me encanta salir a caminar, por donde sea, a veces redescubrir callejones de esta ciudad, otras la inmensidad del campo. También tengo preferencias, claro, el bosque y las sendas arboladas hacen ‘clic’ conmigo.

Pensaba hoy en que años atrás volví a recorrer la etapa gallega. Llevaba yo acompañantes y todos portábamos mochilas.

Había aprendido, de anteriores ocasiones, a llevar conmigo lo imprescindible para que mi atención en el camino fuese para lo que me apetecía: observar la naturaleza que me envolvía, nutrirme de paisajes nuevos, saberme capaz de hacer.

Curioso el momento en que encontramos servicios que llevan estas cargas de un punto a otro del Camino. – ¡Maravilloso, oye! – Mucha emoción en el grupo, cola para hacer el encargo. Me alegra saberlos aliviados, sin embargo eso no es para mi.

Me gusta mi carga. No muchos lo entienden. 🙂

Hubo innumerables intentos de convencerme, y yo escucho, pero decido convencida que no. – Mi carga es mía. – Quiero llevarla, me gusta llevarla, me gusta saberme así.

Caritas de incredulidad, recordatorios constantes en la avanzadilla, intentos de quitármela porque «cómo van a ir personas fornidas, grandes, fuertes sin mochila y yo, pequeña y más endeble, hasta arriba». No creáis que no veo sus buenas intenciones, vaya, me gusta mucho el mimo, pero veo lo que va detrás de eso «yo sé lo que es mejor para ti e ignoro lo que tú dices que quieres por mi idea de lo que te conviene más o de lo que yo creo que debe ser».

No hay nada más desgastante que tener un revoloteo constante a tu alrededor de «deberías» y «tendrías que…». En momentos así recurro a mi burbuja, te escucho pero las palabras rebotan y vuelven a ti. Sin más, sin frustraciones ni enfados.

Yo ya aprendí a no gastar energía en donde no quiero, yo ya aprendí a no sostener bucles de otros ni míos, yo ya aprendí a escuchar, valorar y a no dejar que me «toque». A que puedo equivocarme sin dramatizar, que puedo cambiar de opinión una y otra vez, reconocerlo y seguir.

Sigo mi camino. Mi carga es mía, me gusta llevarla. 🙂

Claridad

Me importa, pero hago que no me importe, que no es lo mismo que hacer como que no me importa.

El foco, querida, una de las herramientas más poderosas que no muchos saben manejar.

El regalo ‘feo’

El momento es perfecto tal como es, aunque duela, aunque todavía no lo entiendas.

No hay destino ni suerte.

Todo lo que está fuera, está a su vez dentro, aunque te duela, aunque todavía no lo entiendas.

Modus vivendi

Había entendido que coexistían dos modos de operar.

El primero consistía en la búsqueda automática e irrefrenable de la dopamina.

Consentir al anhelo, regar el deseo inmediato e inyectar en vena alivio líquido que en horas se evaporaría.

Veneno que te ejecuta con el paso a paso del reloj. Satisfacción efímera que no quita el hambre.

El segundo, sin embargo, algo más perezoso, lo guiaba la toma de consciencia: la obtención de serotonina. Limpia, lenta, equilibrada, sanadora.

Se basaba en el esfuerzo, la razón y el aprendizaje. Un bienestar que se ofrecía en un arduo viaje pero en el que brillaban cada vez más potentes la salud en el corazón y la paz en el alma.