Moleskine: el poder de la palabra no escrita

Moleskine tiene como soporte un potentísimo desarrollo de branding.
Me ha sorprendido, me ha llegado al alma y al corazoncito artístico.

Siempre me han gustado los cuadernos con hojas en blanco. Desde los ocho años aún conservo aquellos en los que garabateaba poesías e inventaba cuentos. Tengo en mis estanterías una colección valiosísima (llamémosla «mis pequeñas joyas») que va desde una libreta de pergaminos que encontré en un mercadillo de segunda mano en Ámsterdam a lo más posh de Ágatha Ruiz de la Prada.

Libretas que llevan conmigo la vida entera.
 Libretas que llevan conmigo la vida entera (mis joyas).

Pero Moleskine tiene algo: no sé si será su aspecto de antigüedad o reliquia, su exagerado minimalismo que parece idílico a los ojos de cualquier creativo o su textura que te hace preveer un capítulo fascinante dentro de cada página.

Lo mejor de todo ha llegado cuando he desempaquetado tres libretas y he surcado con el dedo el interior de una de ellas, que por cierto son desechables, y ha caído sobre la mesa un pequeño librillo con la historia de este cuaderno.

Libretas Moleskine con hojas en blanco.
 Libretas Moleskine con hojas en blanco.

Me he permitido escanearlo y subrayar lo que considero que más engagement me provoca; si es que soy su público objetivo perfecto (y lo sé).

Moleskine, la historia de los cuadernos para artistas.

Expertos en la palabra, se nota.

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