A veces creemos que amar tiene que ver con ser elegidos. Con ocupar un lugar, con recibir una mirada, con convertirnos en la respuesta de alguien.
Pero hay una forma más silenciosa de cariño que aparece cuando dejamos de preguntarnos qué rol nos está dando alguien en su vida y empezamos, simplemente, a alegrarnos de lo bonito que le sucede, incluso cuando no nos incluyen.
No nace de la resignación sino de reconocer que los demás también son protagonistas de sus propias historias.
Quizás madurar tenga algo que ver con eso: dejar de medir el valor por la atención que recibimos y recordar que la felicidad no es un recurso escaso sino que crece cuando es compartido. Que la ternura hacia el otro puede existir dejando a un lado el deseo.
Que, a veces, el corazón descansa cuando deja de preguntarse «¿y yo?» y se conmueve con la posibilidad de que la vida también esté siendo amable con otros. ;]
