El espejismo del buenismo y la ilusión de la maldad

Escuchaba hablar del bien y del mal como si fuesen dos fuerzas opuestas claramente delimitadas y por más que lo intentaba, no lograba verlo así.

¿Por qué no entender antes que juzgar? No tengo memorias de ser capaz de llamar a alguien “malo” porque intuía – sin saber explicarlo- que detrás de cada acto había una lógica, un motivo, una historia.

Y esto, ojo, no es para ponerse una medalla.

Hace semanas me comentaron que esa forma de percibir el mundo tenía un nombre: empatía cognitiva. Esa mirada termina siendo un regalo que permite reconocer las causas detrás de los comportamientos humanos.

Cuánto tiempo confundí yo la profundidad con sufrimiento… Creía que sentir intensamente y resistir sin expresar era una forma de nobleza. Que el silencio doliente tenía algún valor, de algún modo, para mi. Hoy sé que aquello respondía a una construcción del ego: la ilusión de que el dolor te vuelve “especial”. Una idea romántica y destructiva.

El buenismo nace de esa misma raíz. Se tiñe de bondad pero es una distorsión de la empatía. Pretende que ser bueno consiste en cargar con el peso de los demás, en no ponerse límites, en justificar todo desde la comprensión (y nadie sabe mejor que yo lo mucho que todavía me cuesta esto). Esta forma de bondad es una trampa emocional y un insulto a la inteligencia: no sana, consume. No ilumina, diluye.

Cuando observamos el mundo bajo esa lógica, la maldad humana parece un fenómeno inconcebible, pero la realidad es más compleja. La maldad, entendida como voluntad consciente de dañar, es poco frecuente. Lo que solemos llamar “maldad” es más bien ignorancia, miedo o desconexión de uno mismo. La mayoría de los actos dañinos surgen de la inconsciencia, no del propósito deliberado de hacer daño.

De ahí que el bien y el mal, en su forma más pura, me pierdan todo sentido. No son absolutos, sino consecuencias: aquello que te acerca o te aleja de tu equilibrio interior.

El resto (las categorías, los juicios, las etiquetas) son intentos humanos por encajar la ambigüedad moral en la que todos participamos.

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