¡Por fin! Ha llegado el Otoño. No podría ser un día mejor.
Llueve y tengo ganas de irme a Madrid, así que retraso el reloj hasta las 11 de la mañana y me marcho con un jersey gris que es dos veces yo y mi gorro con orejeras.
Paseo por la Plaza del Dos de Mayo hasta que se me congela la nariz; hay decenas de personas leyendo el periódico.
Ha dejado de interesarme lo que ocurre a kilómetro y kilómetros de aquí. Únicamente me interesa qué zumo de temporada hay hoy en el Lolina Café, sentarme y consumirme dentro de la taza humeante mientras escucho el repiqueteo de la lluvia en los charcos.

Paso la mañana digiriendo el exceso de personas que se golpean con los codos cuando caminas por Fuencarral pero esa sensación de agobio se evapora al sentarme en el patio del Museo Reina Sofía.
Ni siquiera tengo la intención de pagar entrada. Solo me quedo allí, mirando. Joder, qué frío. Me gusta el frío. Me gusta observar a la gente. Es un voyeurismo asexual que te estimula el intelecto.
Podría pasarme el día mirando las expresiones en la cara de la gente e intentando adivinar qué piensan, quiénes son, cuál es su historia.
Pero entonces Madrid llega por detrás y te grita al oído: camina, chica, que no llegas. Corre ¡Corre! ¿A dónde tengo que llegar?
Madrid es así, cuando menos lo esperas tira de ti tan fuerte que te desencaja.
Vuelvo a poner el reloj en hora. Regreso a casa.
Me quedo con esa sensación de tristeza y de nostalgia casi tan pegajosa como la ‘morriña’. ¿Qué me pasa? Me he dejado algo allí.
